Me había anotado en la escuela de
natación con la firme idea de aprender a nadar. De perder el “miedo al agua” de
“poder superarme” y otras razones más cercanas a los postulados de la
autoayuda que a las razones profundas
que sabía que iba encontrar en este intento. Cuando llegué el primer día me
recibieron amablemente un grupo de viejas lindas que se reían todo el tiempo.
La percepción que tenía de cada una era a medias ya que cada una tenía su
gorra, su malla enteriza y por supuesto con su cuerpo en su trescuartaparte
sumergida en el agua. Todas me parecían iguales y estaba lejos de reconocer si
a alguna de ellas me la había cruzado a la mañana en la verdulería.
La profesora a la que podía
diferenciar solo porque flotaba en el medio de la pileta me dio la bienvenida y
me preguntó si sabía nadar. Le dije que no, sin aclarar más porque no me
parecía necesario. Después me presentó a las demás y todos nos miramos. Había
como un clima de confianza y de intimidad de gente que necesita estar en paños menores en algo parecido a una
bañadera gigante.
En ese momento llegó Horacio y la
atención fue hacia él ya que en un solo día dos hombres se sumaron al grupo.
Las bromas típicas de las mujeres cuando son mayoría hacía más ameno el
momento. A esto se sumaba el hecho que Horacio tampoco sabía nadar y ya éramos
dos en el mismo nivel para acompañarnos en nuestra cruzada que por ahora estaba
lejos de ser heroica.
Los ejercicios comenzaron con
varias rutinas simples. La profesora me pidió que intentará ir hasta donde estaba
ella con un flota-flota que para mí era el único salvavidas posible entre
aquella oleada brutal que me sacudía para todos lados.
Me sumergí tratando de aguantar
la respiración y al sacar la cabeza de agua sentí el agua al borde la boca lo
que disparó el pánico incontrolable. Intenté agarrarme de algo y no encontré
nada más que agua, mi pataleo no hacía
más que confirmar que “así” no iría a ningún lado y además que por más que
quisiera no haría pie en aquella pileta olímpica de medidas reglamentarias.
Sentirme un ancla en el medio del
mar no era mi idea y cuando pensé que ya no había nada que hacer siento el
brazo de la profesora que me saca de ese estado pidiéndome calma. Su brazo
firme era un tronco después del naufragio y su vos el de un ángel dándome una
nueva oportunidad en el mundo de los mortales. Hablamos un rato al borde la pileta y le tuve
que contar una historia donde alguien me tiraba a la pileta y casi me ahogaba
para poder entrar en la categoría de ex niño traumado. “Claro” me dijo y yo me
quedé más tranquilo sin explicar todo lo que venía hablando con mi psicóloga.
Lo que siguió fueron ejercicios
de relajación y la sensación de sentirme como un niño indefenso dependiendo de
otra persona. El miedo en el cuerpo como algo irracional, como algo tan
primario despertaba los fantasmas más viejos que podía enfrentar tan vitales
como el primer día. La tensión alojada
en cada musculo aportan poco para la ocasión y la relajación necesaria era
misión imposible. Todo es temor es esos instantes y la decepción de no poder iba
degradando el ego como un taladro gigante.” Ellos pueden y yo no” es un tiburón
con dientes de metal en la pileta del campo de Deportes; y la autoestima una
arrogancia de los que lo pueden todo.
Termine con el mismo ejercicio tomado por la
profesora que se esforzaba por felicitarme aunque no sea por no entrar en
pánico. Le di las gracias y me despedí hasta la próxima casi seguro que no
volvería nunca más. En el camino Horacio me palmeó el hombro como cuando tu equipo
pierde por goleada y yo le correspondí con una media sonrisa. Al salir le entregué
mi credencial a una chica pelirroja con el pelo planchado y recordé lo que me había dicho un amigo al comentarle sobre mi inicio en la pileta: ¡Vas a ver que hay
lindas minas!!! Y en ese momento caí a la cuenta que no había podido mirar nada
más que a mí mismo.
R.H.
